Lenguajes heredados vs creación de lenguajes, 2026, Madrid
El ser humano vive una época tecnológica y tecnologizada sin parangón en la historia. Las máquinas suplen las carencias humanas y los humanos reproducimos muchos de los
patrones de las máquinas. En la cultura, y en la música, no podía suceder de otra manera. Por ello voy a pasar a analizar las consecuencias, en un mundo globalizado, del uso de
las tecnologías. En concreto en el mundo de la transculturación musical y la hibridación. ¿Qué consecuencias tuvo para la posteridad la grabación sonora a comienzos del siglo
XX? Además de poder tomar conciencia de la evolución musical desde los comienzos de la grabación hasta nuestros días, debería hacernos reflexionar sobre cómo el mercado, la
industria musical y la publicidad moldean nuestros gustos, generan afinidades, o marcan las fronteras entre conceptos y géneros. Hoy en día contextos como las redes sociales
explicitan esta arquitectura sociocultural de manera superlativa, pero ¿cómo afecta no ya a lo que consumimos, sino a cómo se da lugar a la creación?
Nos hemos convertido en extravagantes consumidores de datos. La sabiduría popular actual no tiene nada que ver con el conocimiento, tiene que ver con el consumo. Y ello se
refleja también en nuestras creaciones. La grabación generó iconos, iconos a los que parecerse, a los que imitar, a los que superar.
Pero entonces los valores que podían ser intrínsecos a la música, tales como la comunión, la comunicación, la meditación, el aprendizaje del maestro o maestra empiezan a ser
sustituidos por otros, más cercanos al consumo, tales como competitividad, profesionalización, autodidactismo o autosuficiencia.
En la actualidad podemos observar infinidad de figuras en el ámbito de la música que responden a estas características, se han convertido en iconos del momento, especialistas
en su nicho con raíces que desaparecen ya que son meros productos de mercado. Las raíces tienen que ver con el sustrato donde bullen los maestros, conectados con lo
ancestral o lo místico. El jazz lo estuvo, pero hoy se estudia y se disecciona con espíritu aséptico. Las grandes tradiciones musicales nacen de la hibridación de concepciones
divergentes, que en un momento dado confluyen y se nutren, generando procesos de transculturación, en la que se adoptan no solo formas musicales, sino que son reflejo de
la integración social y cultural de mundos que se encuentran para generar un nuevo universo.
Pero en un mundo donde la tecnología está al mando, sin haber avanzado en las mismas proporciones en la filosofía, sin haber logrado un planeta sostenible, genera cultura
insostenible, genera productos de mercado. Las fusiones actuales tienen más que ver con datos que con integración, con producción más que con sociabilización. Son pegotes
muchas veces que vienen dados por la capacidad de integrar del algoritmo de Meta. Si el algoritmo y la política te permiten llegar hasta la música kurda de Irán, es posible que
integres un sample en tu disco de World Music. Pero los cantos kurdos son mucho más que unos segundos del reel que puedes publicar en Instagram. La historia de opresióndetrás de las músicas más bellas no entiende de datos. Se sufre y se produce desde la raíz, desde la necesidad de liberación, desde el hermanamiento de los pueblos.
Por ello abogo por otras maneras de acercarse al conocimiento. La experiencia humana es irremplazable. La experiencia emic, donde encontrarse con la cultura de manera
participativa, parece que abre otras vías de comprensión cultural que no podrá ser fácilmente reemplazable por la máquina.
En este sentido he podido tener la oportunidad de crear y relacionarme con grupos de africanos con los que he compartidos intensos momentos musicales.
Nzé, pintor y performer de origen ecuatoguineano, tiene una perspectiva totalmente distinta de la mía. Para él la fusión es lo que sucede todo el tiempo. Su perspectiva es
radicalmente opuesta a la mía, nace de la experiencia de compartir espacio creativo de manera recurrente con gente de todo un continente, con sus particularidades lingüísticas,
con su idiosincrasia cultural. Senegal, Costa de Marfil, Mali, Angola, Sudán, Guinea Conakry, Guinea Bissau… Solo en Costa de Marfil hay 97 dialectos, lo cual implica toda
una riqueza cultural que, por fuerza, ha de reflejarse también en la música y en la manera de entender el diálogo intercultural. En un contexto así es razonable pensar en la
multimusicalidad, la habilidad para dialogar en diferentes contextos musicales, como un hecho consustancial a la realidad cultural, donde las fusiones son hechos cotidianos.
Para mí denota una forma de socializar radicalmente opuesta. En ella hay cantos con sabores ancestrales, griots que aparecen para cantar su historia, bailes donde se mezcla la
poesía con el movimiento, regusto a jazz (pero no de escuela).
Mi solución frente a la apropiación cultural o la aculturación a la que somos tan dados en Occidente ha sido desde hace años la composición. Mi toma de contacto con otras músicas
ha sido desde la meditación de lo que yo pudiera aportar a otras músicas, entendiendo su construcción, analizando su tejido, mezclándome con sus agentes creadores e
intercambiando conocimientos. Pongo por ejemplo mi último experimento. Usé cuerdas de tripa, las barrocas, en mi violín porque son más cercanas al habla humana y ya que el metal no parece corresponderse con los instrumentos ancestrales que ellos portan. Reafiné la Khora, bajo tutela del khorista, y mi violín, dando como resultado un experimento contemporáneo, con la scordatura
doble, con sabor ancestral gracias a sus cantos y sus ritmos. Sin embargo, cabe mencionar el elevado interés en la fusión de músicas de raíz con la
música electrónica, como es el caso del Highlife, un género, precursor del afrobeat de Fela Kuti, que hoy en día, como el Afrobeats, se fusiona con gran repercusión. Pero no es
lo mismo fusionar tus tradiciones, que te las fusionen. Lo que me pregunto es cómo es que no hay más hibridaciones de culturas alejadas pero
coexistentes. Posiblemente consecuencia de las categorías inamovibles de la industria musical y del conservadurismo inherente a muchas de nuestras tradiciones.